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«He venido a prender fuego en el mundo»

«He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.
¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.
¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra». (Lc 12, 49-53) Cuando hablamos de lucha, parece que empleamos una palabra que no encaja con el sentir del pueblo cristiano, como si la fe estuviera llamada únicamente a la calma, a la neutralidad o a una paz mal entendida. Sin embargo, el mismo Señor deja bien claro que vivimos en un mundo de lucha. No una lucha violenta, sino una lucha espiritual, moral y existencial. ¿Por qué? Porque los valores del mundo se resumen muchas veces en un lema cruel: «tanto tienes, tanto vales». Y en ese esquema no tienen cabida otros valores evangélicos: «dichosos los pobres, dichosos los que sufren, dichosos los mansos».
Tiempos recios
Si me permiten un consejo, vivimos tiempos recios. Tiempos en los que las instituciones se mueven según soplan los vientos de las ideologías imperantes. Tiempos de relativismo, donde la verdad y el honor parecen palabras antiguas, casi molestas. Tiempos en los que se promociona un materialismo ateo como si fuera la única salida razonable, mientras se desprecia el humanismo cristiano que ha dado alma, dignidad y esperanza a nuestra civilización.
Nuevas verdades
Este mundo nuestro ha perdido el horizonte. En la búsqueda desesperada de nuevas “verdades”, el hombre acaba encontrándose con el vacío, la frustración y el fracaso. Familias rotas, niños a los que se les ha prohibido nacer, ancianos marginados porque ya no son productivos, el afán de riqueza y poder como único criterio de felicidad, jóvenes cargados de derechos pero privados de responsabilidades… un largo y doloroso etcétera.
- Valores evangélicos,
Evangelio

«dichosos los pobres, dichosos los que sufren, dichosos los mansos»

Si me permiten un consejo, vivimos tiempos recios. Tiempos en los que las instituciones se mueven según soplan los vientos de las ideologías imperantes. Tiempos de relativismo, donde la verdad y el honor parecen palabras antiguas, casi molestas. Tiempos en los que se promociona un materialismo ateo como si fuera la única salida razonable, mientras se desprecia el humanismo cristiano que ha dado alma, dignidad y esperanza a nuestra civilización.

Este mundo nuestro ha perdido el horizonte. En la búsqueda desesperada de nuevas “verdades”, el hombre acaba encontrándose con el vacío, la frustración y el fracaso. Familias rotas, niños a los que se les ha prohibido nacer, ancianos marginados porque ya no son productivos, el afán de riqueza y poder como único criterio de felicidad, jóvenes cargados de derechos pero privados de responsabilidades… un largo y doloroso etcétera.

Todo esto se vende bajo la palabra vacía de progreso. Y por miedo a no ser políticamente correctos, por temor a quedar fuera de la corriente dominante, nadie parece atreverse a decir nada. Se destruye la familia, se diluye la persona, se fractura la sociedad… y miramos hacia otro lado.

En definitiva, estamos viviendo en un mundo sin Dios. O mejor dicho, en un mundo que ha apartado a Dios deliberadamente. Bajo una filantropía hipócrita que desprecia al no nacido y pretende aparentar amor a los más débiles; se ensalza la soberbia humana como único soporte. Para comprobarlo no hace falta hacer grandes análisis: basta salir a la calle o prestar atención al informativo diario. Hay quien se pregunta si existe el infierno; quizá baste con mirar con honestidad a nuestro alrededor.

La verdad es la única capaz de hacer libre al hombre. Y no existe filantropía más auténtica que descubrir a Cristo y vivir desde Él. Cuando eso ocurre, el otro deja de ser un estorbo o un rival; se convierte en el rostro mismo de Dios que sale a mi encuentro.

Si el mensaje cristiano hoy no tiene cabida en muchos espacios, no es solo por rechazo externo, sino porque hace tiempo que muchos desistimos de la lucha. Cedimos nuestros valores de transformación del mundo, nos refugiamos en discursos bellos y solemnes, pero vacíos de compromiso y de acción concreta. Y el Evangelio no se transmite con palabras huecas, sino con vidas entregadas.

La gran luchadora y ejemplo para los cristianos es Virgen María, mujer libre, fuerte y valiente, que no huyó del conflicto ni del dolor, sino que permaneció fiel hasta la cruz. De su mano podemos aprender a luchar desde el amor, sin odio y sin violencia, pero sin claudicar.

Oración
Dejemos que sea ella quien reactive nuestra lucha interior y comunitaria, a través de esta oración de Manuel González García, tan actual como necesaria:

¡Madre querida!… ¡Que no nos cansemos!
Firmes, decididos, alentados, sonrientes
siempre, con los ojos de la cara fijos en
el prójimo y en sus necesidades, para
socorrerlos, y con los ojos del alma fijos en
el Corazón de Jesús que está en el Sagrario,
ocupemos nuestro puesto, el que a cada uno
nos ha señalado Dios.
¡Nada de volver la cara atrás!
¡Nada de cruzarse de brazos!
¡Nada de estériles lamentos!
Mientras nos quede una gota de sangre que derramar,
unas monedas que repartir,
un poco de energía que gastar,
una palabra que decir,
un aliento de nuestro corazón,
un poco de fuerza en nuestras manos o en nuestros pies,
que puedan servir para dar gloria a Él y a Ti
y para hacer un poco de bien a nuestros hermanos.
¡Madre mía… morir antes que cansarnos!


Carlos María Fortes García
23 de agosto de 2019

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